4 viejas y pico

Sentadas alrededor de una mesa, cuatro viejas celebran el 80 cumpleaños de la más joven. Se han reunido en su pub favorito, The Bridge, un día de verano inaudito en el que el calor se hace insoportable y el maquillaje no es más que una pésima decisión. La homenajeada preside la mesa, al lado de un globo púrpura y dorado que permanece elevado por el helio y amarrado al suelo gracias a un contrapeso. Su brillo y contoneo atrae el deseo de un niño que come en la mesa de al lado, pero la mirada de la cumpleañera le hace olvidar que aquello sea un posible juguete para él. Y así, las viejas continúan con su celebración.

Tal y como marca la tradición, cada una le regala un cuento a la que gana un año más, de modo que se reparten los turnos entre los platos del menú…

Primer plato

Ella era toda una experta en elegir el mejor sitio de la carretera para que alguien sintiera piedad por la autoestopista y decidiera recogerla. Nunca se equivocaba de coche, de día ni de perfil, y siempre terminaba por hacer un trabajo limpio. Su seguridad era, sin duda, una de sus claves y ese rostro suyo, entre desvalido y amigable, un boleto ganador.

Él, conductor desde antes de que fuera legal, disfrutaba con su entretenimiento favorito recogiendo aventureros y hippies en busca de nuevas experiencias, para hacer de aquel viaje su último check de vida.

Ella esperaba junto a un árbol en medio de la autovía y con una bolsa de viaje de piel con cuatro camisas dentro para darle volumen. Él pasó con su utilitario color azul. Ella supo que ese era el coche del futuro desgraciado. Él se creció ante la que instintivamente identificó como su nueva víctima. Él paró y la invitó a subir. Ella subió y le invitó a bajar el volumen de la música para poder charlar. Él y ella se miraron, rieron por fuera y por dentro con diferentes intenciones y mientras forcejeaban por el mismo motivo, un fuerte impacto trasladó el coche a cientos de metros de distancia,…, justo es esa curva, justo al lado de ese precipicio, justo en ese punto en el que no había quitamiedos, para caer al vacío y, en pocos minutos, desaparecer.

La vieja del Jeep se colocó la dentadura postiza que el golpe le había desencajado ligeramente. Contempló su nueva hazaña y arrancó el vehículo, pensando en cómo se las ingeniarían esta vez los medios para titular lo que ya era una macabra tradición todos los últimos martes de mes.

Segundo plato

Le encantaba leer, aunque no soportaba las malas historias. Así que en cuanto tenía oportunidad, le acababa rebanando algún dedo a quien hubiera escrito esos libros que terminaba por tirar a la basura. Solía localizar a sus víctimas en ferias de libros. Allí, con la excusa de coleccionar puntos de lectura, se acercaba cauta y su aspecto de vieja cápsula inofensiva, enjuta y deshidratada, allanaba el camino para entablar conversación. Normalmente los temas acababan confluyendo en hablar de salud y entonces, una tos inoportuna, un pequeño vahído y alguien terminaba por dejar su lugar en la feria para acompañar a la señora hasta su casa. Y allí, ella hacía uso de todas sus argucias para tomar un pequeño refrigerio por las molestias ocasionadas. Un bitterkas pasado de fecha y una lata de mejillones en salsa americana: la combinación infalible para ocultar el sabor de aquella fórmula magistral que nadie notaba entre tanto olor a naftalina. Cuando ya les había reducido a simples gusanos, la vieja les sometía a una tortura verbal eterna de metáforas incoherentes y ristras de lugares comunes y, mientras, afilaba el punto de lectura, por un lado y por otro, con la lima de los callos. Una vez listo y con un  movimiento seguro, seco y sonoro, segaba los dedos y las ganas de volver a dedicarle un libro a nadie.

Postre

¡¡Otra vez, por favor, otra vez!!

Y otra vez, la abuela le contó al montón de ojos y oídos infantes aquella historia que ya habían escuchado e imaginado en cientos de ocasiones y que no se cansaban de volver a disfrutar de los labios de aquella señora que, apoyada en su andador, expresaba tanto horror en su rostro que eran capaces de ver al protagonista de la historia hacerse presente,…, Érase una vez un hombre, un hombre que al comienzo de cada verano siempre compraba un kilo de ajos, solo por si acaso.

¿Otra vez, estáis seguros? Luego que no venga nadie a pedirme explicaciones si tenéis pesadillas, ¿de acuerdo? – les insistía la vieja abuela.

¡¡¡¡¡Siiiiiiii!!!!, se escuchaba como un solo grito ensordecedor que hacía retumbar el suelo.

Y ella contaba la historia, se recreaba y les describía al detalle el sabor, el olor, la textura y los efectos de aquella especie comestible y prohibidísima, de la que tanto habían oído y temido desde la cuna.

Al acabar, la vieja abuela despidió a toda la chiquillería entre algún sollozo esperado y acto seguido, puso el agua al fuego. A continuación echó el pan y el jamón, lo aderezó con comino y para rematar, incorporó el ajo generosamente al puchero para que la sopa cuajara bien los sabores al hervir. Entonces se sentó sobre el cojín del andador y esperó, mientras le fue sacando lustre a los colmillos con la lengua, para matar el rato.

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Después del último cuento llega el pastel de cumpleaños con las 80 velas encendidas. Todas unen sus voces para entonar la esperada canción festiva y las velas se apagan de golpe, asegurando así el deseo futuro. Sin que nadie se percate, el niño de la mesa de al lado se escurre de la mirada adulta para ir de nuevo a por el que cree su globo hasta que, por fín, lo alcanza con tanta ansia, que acaba pinchado. La vieja cumpleañera mira el globo, mira al niño y tiernamente, le regala una sonrisa. El niño no se mueve y cuando una porción de aquel pastel de chocolate se acerca hasta su nariz, extiende el bracito desde donde está hasta llegar al pedazo con la mano y llevárselo a la boca, antes de que nadie le llame la atención. Y mientras pasan a cantar Por ser una amiga excelente, cada una de ellas comienza a darle forma al cuento del próximo cumpleaños.

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4 comments

  1. Daniela dice:

    Extraña,sublime comida de aderezados platos rocambolescos. Claramente mi cuento preferido es el de la vieja que corta los dedos a los escritores de lirismos infectos. Algo que yo debería hacerme a mi misma. Pero, ay!! No puedo evitar seguir escribiendo y como la niña de las zapatillas rojas seguiré escribiendo hasta que me sangren los dedos. Como tu, Virginia, con tus estupendos cuentos de viejas pellejas.Gran aplauso y reverencia para la escritora.

  2. Enric dice:

    Está(n) superbién!!
    Me ha(n) encantado, de verdad;)

  3. Furibundo dice:

    …¡por ser una chica excelente! ¡por ser una chica excelente!…habría que cantarte a ti…gracias al final todavía podré ver a l@s abulit@s con ternura…

  4. Ana Poveda dice:

    Qué susto.Y los sustos no me dan tanto gusto.

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