Acera 43

JERRY LOVES…

Tocaba la guitarra en el cementerio. Ese era, desde hacía un par de años, su trabajo a tiempo completo, un trabajo tan aparentemente relajado como intenso y repetitivo, un trabajo que procuraba envolver con buenas dosis de creencia en el altruismo y acompañar de repertorios nuevos. Todo por no caer en esa monotonía que el propio espacio ya traía de serie. Definitivamente no era el trabajo de sus sueños aunque, pese a la dureza, siempre lograba arrancarle la sonrisa a alguien.

El guitarrista nunca pudo ver su sonrisa, pero sonrió, vaya si lo hizo, el chico sonrió como nunca lo había hecho en vida. El chico del ataúd había sufrido mucho, tanto que si tuviera que medir su dolor, la cifra ganaría con creces a los pocos años que había llegado a cumplir. Siempre triste, siempre huraño, siempre solo. La noticia de su muerte fue un mazazo y ahora que ya era tarde, había más de dos que se arrepentían.

Desde el interior de la caja podía escuchar la música. No conocía ninguna de las melodías que el guitarrista iba interpretando, no habían formado parte de su banda sonora y, seguramente, nunca lo hubieran hecho de haber tenido la oportunidad de hacerse mayor. De repente se imaginó viejo y cansado, como su padre, sin despegar la vista del televisor cuando él trataba de atreverse y contarle el motivo por el que, otra vez, le habían expulsado del instituto. Y la imagen no le gustó.

Aquel chico, que cuando golpes e insultos nublaban su horizonte solía imaginar con ser domador de girasoles, se había quitado la vida, y ahora las notas se iban colando por las rendijas del ataúd, como si no quisieran que el silencio incómodo tuviera su propio espacio para respirar. Quizá acabó por enamorarse del guitarrista, quizá se sintió comprendido, quizá, por un instante, creyó que la vida merecía la pena.

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