Archive for Virginia Rodríguez Herrero

Picatostes 6

LÁGRIMA
El joven al que le empieza a salir la barba, juega con las palabras y cuenta con los dedos. Quiere presentar su novela a un concurso y para depositarla, tiene que montar en un tren, precisamente en ese que tiene enfrente pero al que no se atreve a subir, pues la timidez le puede. Se acerca y se aleja en un baile sin música, hasta que del mismo vagón baja la mujer que llora solo por el ojo izquierdo, porque el otro es mucho más risueño. Intrigado por las lágrimas que la mujer pueda haber dejado dentro del vagón, el hombre sube por fin. Allí se encuentra con una gota suspendida en el aire, una gota que nació sudor, que quiso ser lluvia y que terminó por lanzarse al vacío desde una mejilla.

DULCES BICHOS
El escarabajo remolonea entre los granos blancos del azucarero. Cuando se espabila por completo, trepa pata a pata a lo largo de la rama de canela. Procura no hacer ruido para no despertarla. Ella, fundida con la almohada de cortezas de limón. Su cucaracha.

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Picatostes 5

EL MEJOR
El niño que fantasea con ser el mejor silbador del mundo, sale de su casa. Enfila escaleras abajo y llega al cuarto piso imaginando que recibe una llamada de la Federación Nacional de Silbadores para concursar en su próximo campeonato. Sigue restando escalones, continua silbando y su ilusión le lleva, en la segunda planta, a recibir el Oscar a la Mejor Canción Original Silbada del año. Cuando sus pies alcanzan el piso número 1, ya se ha dibujado en la portada del New York Whistle como uno de los talentos silbadores más jóvenes del siglo XXI, y al abrir la puerta de la calle, una invisible avalancha de fans se echa sobre él para corear sus mejores melodías. En el camino al colegio, los silbidos se vuelven imperceptibles entre el tráfico, aunque él puede seguir escuchándolos perfectamente en su mente. Él y ese pájaro que se atusa el plumaje sobre la rama de un árbol enclenque, y que se queda petrificado al identificar en los silbidos un ancestral acento que su especie, hace ya tiempo, creyó perdido para siempre.

PALOS DE CIEGO
El ciego cegado de amor, recupera la vista cuando al marcharse de la desastrosa cita a ciegas, es consciente de que amar no significa, necesariamente, jugar a la gallinita ciega.

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Picatostes 4

NARANJO
La paciente ingresada que, por su enfermedad, no puede comer naranjas, siempre las pide de postre. Desde la cocina del hospital le llegan cada día en la bandeja y ella, las va colocando en hilera junto a la ventana. Una más, solamente una más y el árbol que imagina a través de los cristales, acabará por hacerse real.

BUFANDA ETERNA
Desde su mecedora, la mujer teje una bufanda eterna, porque no sabe tejer otra cosa. Teje y se mece, se balancea y gira otro punto. Sabe que el tiempo corre en su contra pero tampoco lo piensa demasiado. Ella teje y teje y la bufanda se va perdiendo por el suelo, se descuelga por la ventana y acaba enrollada en el cuello de quienes pasean por la calle. Y así, aunque el reloj avance, sus pensamientos y emociones acaban filtrándose por la lana hasta llegar a otras gargantas.

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Picatostes 3 (de turrón)

DE NUEVO
El amnésico obligado a reconstruir su vida, deshace el puzzle, desmonta el mueble y derrite el cubito. Ya está listo para comenzar de nuevo.

ARDILLA Read more

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Picatostes 2

(R)EVOLUCIÓN
El reparador de juguetes no tiene pilas nuevas para el dinosaurio, así que termina de coserle la cola al dragón y reanuda el juego.

TAPONES Read more

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Picatostes 1

HOSTAL TOKYO
El cuerpo todavía caliente. Su larga melena negra alfombrando el suelo, antes gris, ahora rojo. Y la cabeza -separada del cuerpo- piensa. Se pregunta por el motivo que le llevó a decidir quedarse en aquel hostal. Y se ofusca. Le enfurece la evidencia de que ya nunca podrá reclamarle a la agencia de viajes la devolución del importe por publicidad engañosa.

PENSIÓN TOKYO Read more

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Tropezones 5

MAMIHLAPINATAPAI dos
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Tropezones 4

SALTAMONTES
El saltamontes terroso que descansa encima de una hoja clorofila, es localizado por el humano e invitado a subirse sobre el brazo peludo para ser fotografiado a través de la pantalla tranparente. Una mano, también peluda, lo inmortalizará sobre el lienzo blanco y lo vestirá con tonos verdes, azules, marrones y amarillos, le dará una mirada entre sorpresa y misterio y lo colgará en su red social, para compartirlo con el mundo. El pintor -que esa noche cenará hervido mientras imagina su próximo cuadro-, no es consciente de ello pero cada vez que piensa en colores, alguien, en alguna parte, tiene un orgasmo.

LA BOTELLA Read more

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Tropezones 3

EL ESPIGADOR
El espigador que recorre la ciudad montado en su bicicleta, toma un nuevo contenedor como hito de otra parada en su camino. Mientras introduce medio cuerpo, el contenedor parece estar pensando si engullirlo o no, y otra vez le perdona la vida. Un trozo brillante de chapa y un casco con plumas plateadas que alguien arrojó tras el desfile la noche anterior le cubren de gloria, y retoma su rumbo mientras cabalga por las calles sintiéndose, solo por esta vez, inmortal.

SIN PALABRAS
La mujer que no tiene el don de la palabra, barre. Adora la disciplina y la discreción, así que barre siempre de izquierda a derecha y nunca más tarde de las ocho. Barre y al barrer, las palabras que nunca ha llegado a pronunciar, se las lleva la escoba. Barre y al barrer, las palabras que quiso decir y al final fueron cambiadas por otras más rápidas, se enredan con la pelusa. Barre y al barrer, las palabras jamás pensadas por poco apropiadas, van directas al recogedor. Barre y al barrer, las palabras repetidas rebotan en el suelo y vuelven a meterse en sus bolsillos. Bolsillos de tortuga anciana que llena su caparazón de palabras mudas, pequeñas, escogidas.

SECRETO
El médico radiólogo que mira a la gente por dentro, sabe que nadie más puede ver lo que sus ojos captan: que en su interior, ningún ser humano podrá ser nunca totalmente vegetariano.

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Tropezones 2

¡QUÉ RUIDO!

La coleccionista de ruidos espera con impaciencia a que llegue el paquete. Este contiene una docena de ladrillos que le han enviado desde el último festival de música al que ha asistido. Allí, ha presentado sus creaciones más recientes y está radiante con el resultado. Mira la hora por quinta vez en diez minutos y, como era de esperar, el reloj no ha avanzado más de lo debido.

La coleccionista de ruidos vive entre algodones, literalmente hablando. No debe permitirse tocar, arañar ni tan siquiera rozar cualquier superficie, objeto o ente con el que tenga posibilidad de cruzarse en sus quehaceres caseros; si así ocurre -y en ocasiones ocurre-, ello puede provocarle un estado de éxtasis inmediato que despierta su creativa obsesión crónica por la composición de ruidos. Ante tamaño diagnóstico Read more

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