Archive for Virginia Rodríguez Herrero

Picatostes 3 (de turrón)

DOS OSOS
Dos osos se abrazan en un sofá. Uno es peludo; el otro también. Uno es gordito; el otro un poco más. Les gusta la miel, rascarse la espalda uno a otro y las camisas de cuadros. Les preocupa el cambio climático, la caza furtiva y los circos pasados de moda. Son omnívoros, aunque saben bien qué les gusta y a quién prefieren comerse. Por eso se abrazan. Porque aman, sin ser de peluche. Porque son bellos, sin ser una Barbie. Porque se endulzan la vida, sin ser ositos de goma.

DE NUEVO
El amnésico obligado a reconstruir su vida, deshace el puzzle, desmonta el mueble y derrite el cubito. Ya está listo para comenzar de nuevo.

ARDILLA Read more

Share

Picatostes 2

(R)EVOLUCIÓN
El reparador de juguetes no tiene pilas nuevas para el dinosaurio, así que termina de coserle la cola al dragón y reanuda el juego.

TAPONES Read more

Share

Picatostes 1

HOSTAL TOKYO
El cuerpo todavía caliente. Su larga melena negra alfombrando el suelo, antes gris, ahora rojo. Y la cabeza -separada del cuerpo- piensa. Se pregunta por el motivo que le llevó a decidir quedarse en aquel hostal. Y se ofusca. Le enfurece la evidencia de que ya nunca podrá reclamarle a la agencia de viajes la devolución del importe por publicidad engañosa.

PENSIÓN TOKYO Read more

Share

Tropezones 5

MAMIHLAPINATAPAI uno
La mujer del séptimo, sacude cada mañana las sábanas por la ventana que da a la plaza. Las agita para airearlas y su olor se deja ir, flotando entre despertadores vecinos. Otra mujer -desde la ventana de su cocina en un cuarto piso que da a la misma plaza- observa la sábana. Primero ve un fantasma, el del prejuicio y el miedo, que la envuelve hasta hacerle dudar de lo que su cuerpo le dice y su deseo le reclama. Luego, el fantasma se vuelve bandera blanca, justo cuando el olor de ella se cuela dentro de su taza de café. Y se rinde ante la evidencia de quien es, y se siente en paz, por fin, con la decisión que siempre quiso tomar.

MAMIHLAPINATAPAI dos Read more

Share

Tropezones 4

SALTAMONTES
El saltamontes terroso que descansa encima de una hoja clorofila, es localizado por el humano e invitado a subirse sobre el brazo peludo para ser fotografiado a través de la pantalla tranparente. Una mano, también peluda, lo inmortalizará sobre el lienzo blanco y lo vestirá con tonos verdes, azules, marrones y amarillos, le dará una mirada entre sorpresa y misterio y lo colgará en su red social, para compartirlo con el mundo. El pintor -que esa noche cenará hervido mientras imagina su próximo cuadro-, no es consciente de ello pero cada vez que piensa en colores, alguien, en alguna parte, tiene un orgasmo.

LA BOTELLA Read more

Share

Tropezones 3

EL ESPIGADOR
El espigador que recorre la ciudad montado en su bicicleta, toma un nuevo contenedor como hito de otra parada en su camino. Mientras introduce medio cuerpo, el contenedor parece estar pensando si engullirlo o no, y otra vez le perdona la vida. Un trozo brillante de chapa y un casco con plumas plateadas que alguien arrojó tras el desfile la noche anterior le cubren de gloria, y retoma su rumbo mientras cabalga por las calles sintiéndose, solo por esta vez, inmortal.

SIN PALABRAS
La mujer que no tiene el don de la palabra, barre. Adora la disciplina y la discreción, así que barre siempre de izquierda a derecha y nunca más tarde de las ocho. Barre y al barrer, las palabras que nunca ha llegado a pronunciar, se las lleva la escoba. Barre y al barrer, las palabras que quiso decir y al final fueron cambiadas por otras más rápidas, se enredan con la pelusa. Barre y al barrer, las palabras jamás pensadas por poco apropiadas, van directas al recogedor. Barre y al barrer, las palabras repetidas rebotan en el suelo y vuelven a meterse en sus bolsillos. Bolsillos de tortuga anciana que llena su caparazón de palabras mudas, pequeñas, escogidas.

SECRETO
El médico radiólogo que mira a la gente por dentro, sabe que nadie más puede ver lo que sus ojos captan: que en su interior, ningún ser humano podrá ser nunca totalmente vegetariano.

Share

Tropezones 2

¡QUÉ RUIDO!

La coleccionista de ruidos espera con impaciencia a que llegue el paquete. Este contiene una docena de ladrillos que le han enviado desde el último festival de música al que ha asistido. Allí, ha presentado sus creaciones más recientes y está radiante con el resultado. Mira la hora por quinta vez en diez minutos y, como era de esperar, el reloj no ha avanzado más de lo debido.

La coleccionista de ruidos vive entre algodones, literalmente hablando. No debe permitirse tocar, arañar ni tan siquiera rozar cualquier superficie, objeto o ente con el que tenga posibilidad de cruzarse en sus quehaceres caseros; si así ocurre -y en ocasiones ocurre-, ello puede provocarle un estado de éxtasis inmediato que despierta su creativa obsesión crónica por la composición de ruidos. Ante tamaño diagnóstico Read more

Share

Tropezones 1

MOVIMIENTO VECINAL
El fantasma de la calle del Abeto nº 34, pasa las noches colándose en casa ajena para besar en la mejilla a quien duerma en ese momento. Así mantiene despistado al vecindario pues ya sea en la cola del pan o tomando el aperitivo, no hay día que alguien no comente esa extraña sensación a altas horas de la madrugada cuando una humedad -entre placentera y desconcertante- le hace despertar.

Esa mañana el sorprendido será el fantasma cuando dejen en la puerta de la casa que habita en soledad un retrato, un retrato a color, más concretamente un retrato a color de una mujer, una mujer que no conoce. A partir de entonces, toda la calle del Abeto duerme de un tirón, todos menos la mujer del retrato. Un retrato sellado de besos.

LAS MEJORES VISTAS
La joven cineasta que viaja por la isla buscando localizaciones para su primera película, pone todo su empeño en ser amable con los lugareños: prueba su comida, se interesa por su idioma y pregunta acerca de sus tradiciones, y es que todo es poco para conseguir mantener contento y apaciguado al volcán que gobierna la isla. Hasta que llega la hora de la cena.

Cuando le sirven la sopa y antes de que pueda introducir por segunda vez la cuchara en el bol, una cuchara ajena dirigida por una mano no amiga toma de su sopa sin preguntar, mirar o ni tan siquiera pedir permiso. La joven no sabe bien qué decir o si decir, no está segura de si debe o no protestar y aguanta la impertinencia interpretando que quizá se trate de una costumbre local, así desde el primer plato hasta el postre. Entonces, esa misma mano intrusa vuelve a trasvasar hasta su plato un par de dulces caseros.

El volcán respira aliviado. El reto ha sido superado. A la mañana siguiente y de un soplido, despeja la bruma compacta que había cubierto durante días la laguna para ofrecerle a la cineasta, las mejores vistas.

Share

Urdimbre(s)

La escritora que está totalmente bloqueada -porque por más que lo intenta ninguna idea le acaba de convencer-, sigue persistente en su empeño. Baraja personajes y contextos, pero acaba sacándose un as de la manga; sopesa acciones y actitudes, hasta que la balanza pierde todos sus decimales, y hace lluvia de ideas mentales que acaban derivando en tormentoso batiburrillo de síes, noes y peros. Al final, extenuada, acaba por dejarse caer sobre la alfombra con el cerebro seco. La frustración se mofa en su cara y la rabia de esa risa maligna que solo ella permite y provoca, hace aún más grandes las carcajadas.

Y de repente,…, Leonarda, Modesta, Carmela,…, –¿esto qué es?-. Nombres propios asoman por su cabeza pero ella no les hace mucho caso. No se fía nada de nada. Está agotada de tanta frustración, Read more

Share

Pescando significados

Paseando por la playa sola, se encontró un colmillo de elefante a ras de la orilla. Al principio pasó sin hacerle demasiado caso, de hecho seguramente lo vio sin mirarlo, lo miró sin realmente verlo o quizá no quiso ser consciente de que estaba allí de verdad pero como si alguien tirara de ella, detuvo el paso y echó marcha atrás. Y sí, lo era, claro que lo era, no cabía la menor duda. Aunque había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que una emoción semejante le erizara la parte de atrás de las rodillas, el tener de nuevo uno tan cerca como para rozarlo con los pies, le trasladaba automáticamente hasta el principio de todo, de todo lo que merecía la pena ser recordado. Seguramente había llegado hasta allí arrastrado por las olas, como muchos otros objetos valiosos y perfectamente inútiles que deposita la marea. Se quedó mirándolo: era hermoso, el color oscuro pintado por el salitre le daba un aire majestuoso, un toque de distinción. Tenía incrustaciones de kril, Read more

Share