Caída libre

Niña tobogán - copia - copia El hombre con la camiseta a rayas cae sin pausa, en medio de la oscuridad y siempre hacia abajo. Cae precipitadamente dentro de su coche, porque alguien ha robado del garaje el montacargas en el que tenía que haber bajado hasta su plaza de aparcamiento. A ese alguien, seguramente, le hacía falta para algún asunto personal pero, la verdad es que podía haber dejado una nota de aviso. Así que el hombre cae y aunque el sótano tiene solamente tres plantas, lleva ya demasiado tiempo cayendo, mucho más del que hubiera sido necesario para llegar hasta el suelo.

Esa idea -la del impacto final- le genera cierta inquietud pero no suficiente como para ocultar su máxima preocupación: el hombre cae y empieza a pensar que la caída será su último recuerdo. Y en plena elaboración de ese pensamiento estaba cuando de repente, el coche detiene su caída en medio de ninguna parte y tras la brusca frenada, se queda como flotando en medio del luto más riguroso. Por un momento piensa en abrir la puerta y comprobar si ha llegado por fin al suelo, pero el aturdimiento le retrasa los reflejos. Así que antes de hacerlo decide revisar si el coche ha sufrido algún desperfecto por el movimiento vertical: le da varias veces al limpiaparabrisas trasero y delantero,…, abre y cierra la guantera,…, sube y baja el volumen de la radio,…, todo parece estar en orden. Enciende los faros, apaga los faros, vuelve a encenderlos,…, y ahí están.

Son tres músicos. El primero, el del saxofón, practica diariamente en la playa y aunque no pide dinero por tocar, mucha de la gente que pasa por allí le termina dando algunas monedas que él tampoco rechaza. Le parece muy divertido así que dedica todos esos ahorros espontáneos en darse algún que otro capricho, por ejemplo, comprarse todos los DVD’s que encuentra de La princesa prometida porque la ve todas las noches y se le estropean con frecuencia.

El segundo toca el acordeón. Se hizo con él a cambio de una de sus queridas cabras, pues había quien la necesitaba más que él para dar de comer a su recién nacida, y así fue como desde entonces se acostumbró a beber menos leche y más pentagramas.

El tercero es el de la gaita, el que ameniza las calles del barrio todas las mañanas de domingo, quiera o no quiera el vecindario escucharle, porque en su casa están ya sordos de oírle.

Cuentan que en las noches en las que el cielo está más despejado, puedes encontrarte en la plaza que tengas más cerca de casa a alguien que lleve un telescopio de dimensiones considerables. Si te ocurre alguna vez, pídele el favor de que te deje mirar por unos minutos hacia Júpiter. Cuando lo hagas, fíjate bien en que el planeta no permanece quieto del todo, es más, te darás cuenta de que parece estar desplazándose discretamente hacia abajo,…, sí, exacto, como si cayera. Y si agudizas tu oído, serás capaz incluso de escuchar la melodía que los músicos estén entonando dentro del coche en ese instante. ¿La oyes?, ¿he dicho coche? En qué estaré pensando, quería decir planeta.

Ploff

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8 comments

  1. David dice:

    El caso es que me quiere sonar….

  2. Diego dice:

    Me encanta rereleerme tus fantasiosas historias! Un abrazo!

  3. Antonio dice:

    Releído, y si, es una paranoia y eso me gusta!! Me siento identificado en las primeras líneas 🙂

  4. Terenci dice:

    Me encantó, como siempre 🙂

  5. Ana Poveda dice:

    Je,je.Ploff.
    ¡Qué vivan los trueques de instrumentos musicales por animales!
    Yo cambio mi gata por un laúd.

  6. Javier dice:

    Aquí estaba… Pregunta Javier si también conoces a los otros músicos. Preciosos relatos. Un abrazo

    • Virginia Rodríguez Herrero dice:

      ¡Qué rápidos! Efectivamente, los otros dos músicos son reales también.
      Gracias por leerlos.
      Un abrazo grande.

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