¿Imposible?

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El primer día que Alberto entró en el aula donde yo me disponía a empezar las clases de aquel año, pensé que era un profesor nuevo que no conocía y que, despistado, se había confundido de curso: -No-, me dijo al entender el desconcierto en mi mirada, -yo también soy alumno-. Alberto tenía entonces 70 años y, ese curso, comenzaba la carrera de Psicología.

Decía Pepe Isbert en la mítica película “La gran familia” (Fernando Palacios, 1962) que jubilado y jorobado eran la misma palabra, y que “no debieran jubilar más que a los viejos”. Puede que suene a cliché manido, a estereotipo gastado o frase hecha, pero estoy convencida de que la edad es, sin duda alguna, un estado de ánimo, una cifra que responde a la obsesión occidental por un tiempo lineal que empieza y acaba y que, por ello, hay que aprovecharlo intensamente. Y me gusta, me gusta la idea de no perder el tiempo, eso sí, sin obsesiones, de vivirlo intensamente, sea al ritmo que a cada cual le marquen sus posibilidades, incluso de disfrutar no haciendo nada, de vez en cuando. Pero también me gusta la idea de un tiempo oriental, cíclico, que siempre regresa, que no mutila las etapas vitales como porciones de un pastel que si no supiste comerte en su momento, no vuelven nunca. ¿Por qué obligarnos a vestir con traje y corbata si en realidad deseamos seguir corriendo en zapatillas? Es lógico pensar que el paso del tiempo impide que mucha gente, llegada según qué edad e incluso antes, no tenga una salud óptima que le permita seguir siendo activo y participar de la dinámica cotidiana. Pero son muchos los casos en los que, simplemente, el problema radica en no creerse todavía útil, en considerar que ya no se forma parte de la sociedad porque ésta ha prescindido de su presencia. Y así es: silenciamos a la persona anciana porque no creemos que pueda seguir teniendo voz; la infantilizamos cuando sus capacidades se vuelven torpes o necesitan más tiempo; la invisibilizamos porque tenemos miedo a ver belleza en la vejez; la anulamos pensando que lo que representa, nos es ajeno.

Hasta “El exótico Hotel Marigold” en la India, siete ancianos británicos llegan huyendo de una “normalidad social” que les ha desahuciado por ser demasiado jóvenes aún teniendo más de 65 años, por querer empezar a trabajar cuando se supone que debes dejar de hacerlo, por desear vivir cuando teóricamente hay que hacerse a la idea de que la vida se acaba, por aspirar a seguir aprendiendo aunque el pupitre les quede ya un poco pequeño,…, amantes arrugados, ideas con patas de gallo, carcajadas con andador, “iaioflautas” que logran arrebatarle a lo “imposible” ese prefijo que tanto miedo da y que, simplemente, hay que saber ponerlo en otras palabras para creerse importante, imparable, imaginativo, imperfecto,…, sencillamente posible.

Gracias, Alberto

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4 comments

  1. David dice:

    Yo de mayor también quiero ser iaioflauta…

  2. Victor dice:

    Yo de mayor querría ser la mitad de lo que el señor Alberto fue.

  3. Carol dice:

    Cuando somos jóvenes queremos vivirlo todo. Parece que nunca llega eso de “ser mayor”. Según pasa el tiempo te das cuenta…de lo rápido que pasa!Pero también ves que hay tiempo para todo. Incluso para estudiar. Sólo tienes que creerte que eres capaz de hacerlo. Admiro a las personas “mayores” que quieren seguir aprendiendo y siguen sintiéndose útiles. Porque lo son!!Y tienes muchas cosas que enseñarnos a los “maduros” que creemos saberlo todo ya. ESpero que a ALberto aprenda mucho y disfrute de su nueva vida de estudiante.

  4. Jorge dice:

    Nunca se me olvida lo que me contó uno de mis amigos, su madre de más de 80 años y con problemas de movilidad le dice que en se su mente sigue siendo la joven de 20 años, pero atrapada en un cuerpo de anciano, aunque eso no le impide seguir disfrutando de la vida.

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