Las mejores de la temporada

Al anciano que bebe un vaso de vino cada tarde y antes de la partida, nunca nadie le vio con los zapatos sucios. Esa fue siempre su obsesión. Podría no contar con dinero para una comida suculenta y verse obligado a repetir en el comedor universitario, un día tras otro, huevos fritos a pares sin rechistar; podría tener que usar periódicos debajo de la camisa para no coger frío por las noches; podría no quedarle más remedio que arreglar cuantas veces fueran necesarias su viajada maleta de madera. Pero los zapatos, brillantes, siempre, como recién estrenados, incluso después de una carrerita huyendo de las fuerzas de la ley, con capa y guitarra en mano.

Por eso ahora, cuando ya cumplió noventa y se ayuda de un bastón para caminar con más soltura entre las calles irregulares del pueblo, conserva como afición bajar todos los sábados al mercadillo, a ver si pesca algún buen par de zapatos. Sus hijas se empeñan en comprárselos de suelas baratas y aburridas para pies todavía más aburridos,

así que él no hace caso de sus quejas y enfila cuesta abajo su mañana zapatera. Es un mercadillo modesto, sin muebles vintage ni productos veganos, pero quienes nunca fueron de grandes superficies comerciales se encuentran muy cómodos en él. El anciano llega, primero revisa el lateral derecho y de vuelta, el izquierdo. Es meticuloso en la observación, cauto en las preguntas y parco en los saludos. Cuando delante suyo se despliegan los puestos de zapatos -donde cordones y lengüetas esperan pies para caminar juntos-, el anciano analiza el género y enseguida lanza la vista a su objetivo: elige y compra, sin probarse nada pues está bien seguro de lo que quiere. Hasta hoy.

Hoy el olor le confunde y le provoca, y cuando sigue el camino del olfato, la vista explota de placer ante el rojo casi charol de las cajas de fresas. Las hay a cientos. Por un minuto duda, se mira los zapatos -brillantes, pero ya con algún que otro raspón y cansados de tanto lustre- y mira también ese par nuevo y sin dueño que ajustaría tan bien sus tobillos el siguiente otoño.

¿Le apetecería probar una fresa?-, le ofrece encantadora y sibilina la chica del puesto

No hace caso por uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve segundos pero al décimo, alarga el brazo sin respirar mucho y coge la fruta. Sí, no hay duda, merecerán la pena las burlas de sus hijas cuando le vean regresar sin zapatos nuevos y se pavoneen creyéndose imprescindibles como surtidoras oficiales de su calzado habitual. Pero qué más da. Estas fresas son las mejores de la temporada. A ella le hubieran encantado.

Amaneciendo en Los Arenales del Sol (Elche, Alicante)

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14 comments

  1. Enric dice:

    ¡Qué bonito!
    La última frase… ¿dedicada a su madre?

    • Virginia Rodríguez Herrero dice:

      ¡Gracias!
      Mmmmm, ¿a su madre?, pues me es difícil contestar esta pregunta, la verdad, pues para mí él es una mezcla de “ellos” diversos, así que igual podría ser su madre que su pareja que su sobrina que su consuegra ;-)) …

  2. jesús dice:

    Si, es muy hermoso, pero me sorprende este extraño sabor a fresas que está invadiendo mi boca.

    Esto se advierte! (sonrisa)

    • Virginia Rodríguez Herrero dice:

      Mecachis, Jesús, tienes toda la razón, mis disculpas,…, pero bueno, ¡aprovecha y relámete de gusto!

  3. Diego dice:

    Te superas por momentos! Un fuerte abrazo.

  4. Terenci dice:

    Cada día me gustan más estos relatos breves 🙂

  5. David dice:

    Sniff….
    El caso es que me quiere sonar….
    ¡¡¡Muy bonito!!! ¡¡¡Muy sensorial!!!
    ….

  6. Manuel Martín dice:

    La verdad es que cada vez que publicas me siento como niño con zapatos nuevos, así que me tomaré una fresa en tu honor

  7. Kdive dice:

    Hoy me he puesto a leer este relato que lo tenia pendiente y hemos estado de charleta por la tarde. Yo tampoco me hubiera podido resistir a unas fresas tan apetitosas 🙂 ¡ ñam! Una historia muy entrañable. Siempre es un placer leerte y mucho mas escucharte. Un besote

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