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entrada cine - copia

Estimado Daniel Sánchez-Arévalo;

cuentas en tu última película, la historia de una familia, de una gran familia, de una gran familia española. Con sus anécdotas y sus miserias, sus buenas y malas relaciones, sus celebraciones y sus carencias. Y todo ello aderezado con relaciones entre hermanos, padres e hijos, amor, fútbol y cine, música y quesitos, lágrimas de risa y lágrimas de emoción.

Me gustaría contarte que mi padre me enseñó a ver cine: a disfrutarlo y a llorarlo, a sufrirlo y a reírlo, a aprender con él, recordarlo, revisarlo, contarlo, vivirlo. A sentirlo. A dejar de verlo si la película se antojaba una pérdida de tiempo, o construir anécdotas y recuerdos por haber aguantado hasta el final. A crear complicidad con frases y escenas de películas importantes para los dos. En definitiva: a emocionarme.

Mi padre creció con un cine de asientos de madera y gritos de ánimo cuando el Séptimo de Caballería entraba en escena, con las risas del Inspector Clouseau y del patoso actor hindú de El guateque (B. Edwards, 1968) (ese “guateque” cuyo inolvidable y embriagado camarero homenajeas, a mi juicio, en tu película, con el personaje de Raúl Arévalo), con Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino, 1966), Calle mayor (J. A. Bardem, 1956), Plácido (L. G. Berlanga, 1961), Becket (P. Glenville, 1964), con el spaghetti western, los musicales del Hollywood dorado y algunas películas de Bergman que no llegaba a entender. Y sí, también con Siete novias para siete hermanos (S. Donen, 1964) (como los padres de tu protagonista). Con todo ello creció, y también aprendió, vivió y se emocionó. Porque volver a reír como la primera vez con la escena final de Candilejas (Chaplin, 1952), es algo mágico que solamente el cine puede conseguir.

Luego, la que creció fui yo, y empecé a descubrir otro cine, otras películas, otras historias. El día que compramos el primer vídeo que hubo en casa, mi padre me fue a buscar a la salida del colegio. Yo tenía 10 u 11 años y nunca olvidaré la sorpresa de su visita, como nunca olvidaré la ilusión de poder elegir qué películas ver cada fin de semana (eso que ahora suena tan prehistórico e impensable). Y empecé a añadir a mi lista de películas vistas, otras que a mi padre no le gustaban tanto, o que llegaba a conocer a través de mí, pasando a formar parte, definitivamente, de lo que soy.

Hace unos días visité la exposición de Caixaforum sobre Méliès y la magia del cine (tan bien retratado por Scorsese en La invención de Hugo Cabret). Si todavía no has ido, te animo a que lo hagas y te dejes llevar por la emoción de pasear entre vitrinas donde ver los vestidos que él mismo llevó en algunos de sus rodajes, disfrutar de fotogramas y grabaciones, recordar lo que su vida fue y significó. Y sobre todo, la emoción de verte rodeado por rostros desconocidos, anónimos, compartiendo la experiencia de envolverse de aroma a cine, rostros grandes y también pequeños, muy, muy pequeños, con la boca abierta y los ojos bien atentos.

Imagino que tendrás presente las recientes declaraciones del ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, con las que se atrevía a achacar los problemas del cine español a su falta de calidad, restándole importancia a los efectos de la subida del IVA. Frente a un argumento tan sumamente simplista, impropio de un representante del gobierno que, además, presume de querer defender la llamada “Marca España”, yo me rebelo como ciudadana maltratada por los constantes improperios a los que nos tienen acostumbrad@s los políticos que, supuestamente, nos representan. Porque huelen a ignorancia, porque dan la espalda a una industria que, entre otras muchas cosas, es fuente de trabajo (qué te voy a decir que no sepas).

Todo lo que aquí cuento, emociones, sensaciones, vivencias y recuerdos, volvieron a mi mente tras salir del cine y ver tu película. De ese cine que nos alimenta, no ya el estómago, sino nuestra capacidad de pensar y actuar, de discernir, sentir, crear ideas, cuestionar verdades absolutas y razonar mentiras disfrazadas. De un cine necesario, por mucho que haya quienes aspiren a denostar la importancia de la cultura.

Por cierto, no sé si te has fijado en la fotografía,…, sí, es la entrada de cine, y sí, se han comido la «ñ».

Un saludo y suerte.

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10 comments

  1. Victor dice:

    ¿Sale en la peli el cuadro de princesas Disney que le regalaron en «Ilustres Ignorantes»?
    Para aquellas personas que tengan curiosidad solamente diré una palabra: Google.

    Y este gazpacho, exquisito, emotivo y delicioso.

  2. […] Sobre Cine y otras historias […]

  3. Terenci dice:

    Genial el post, como siempre :*

  4. Celia Sánchez dice:

    Me ha emocionado el artículo. Yo tb. iba mucho con mi padre al cine, y tu historia es muy similar a la mía. Vi algunas películas españolas divertidas, pero con muy malos actores, los cuales al cabo del tiempo acabaron siendo grandes, a fuerza de oficio. A mi me encanta el cine español, nos faltan medios pero no talento. Eso de tirar por tierra todo lo nuestro y tragarse algunas americanadas soporíferas, que aguantan por los efectos especiales….que quieres que te diga. Felicidades por tu escrito, que como siempre le llega a uno al corazón. Un beso

  5. Elena dice:

    Me he emocionado…, me han venido un mogollón de recuerdos en un momentico… Gracias Virginia!

  6. Paula dice:

    Impresionante tu artículo. Me ha gustado muchísimo. Simplemente genial.

  7. ANA POVEDA dice:

    ¿Has hecho llegar la carta al remitente? Si fuera él me encantaría saber de su existencia…

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